¿Qué salida nos queda a las mujeres?
Por: Mireya Ramírez Pulido
Mientras las mujeres colombianas han transformado su realidad de raíz de forma irreversible, las estructuras del poder político y los fanatismos ideológicos siguen estancados en los mismos patrones de dominación y violencia que destruyen a miles de hogares puertas adentro.
Colombia transita por un cambio social irreversible que nos exige abrir los ojos. La verdadera transformación de nuestro país no se mide por discursos políticos, inicia con la capacidad de respetar y proteger a las mujeres, tanto en la intimidad de los hogares como en los escenarios públicos. Vivimos un momento en el que las mujeres ya no son lo que eran: han hecho un trabajo monumental para sostener a sus hijos y sacarlos adelante en medio de la escasez, la violencia y la falta de oportunidades, con entereza y valor, impulsadas muchas veces por las circunstancias, las mujeres colombianas hemos logrado despojarnos de mandatos antiguos, recuperar nuestra voz y asumir nuestra autonomía, entendiendo que nuestro valor no depende de la aprobación de un hombre. En contraste, muchos hombres aún no son lo que deberían ser; el modelo de masculinidad tradicional parece atrapado en el pasado, reaccionando con miedo, confusión o agresividad ante el avance femenino. Esta resistencia se origina en las relaciones de poder y dominación que muchas mujeres viven a diario en sus casas, donde el abuso psicológico y verbal se ha normalizado tanto que se volvió invisible. Al no haber consecuencias en el hogar, esta cultura del maltrato salta a las tarimas públicas, permitiendo que los líderes del país actúen con total impunidad, respaldados y aplaudidos por fanáticos dogmáticos que celebran cualquier fanfarronería sin detenerse a pensar en el daño que causan.
Cuando el candidato presidencial Abelardo de la Espriella menosprecia a la periodista María Lucía Fernández en televisión, o cuando lanza comentarios de índole sexual y exhibe fotos íntimas para intimidar a la comunicadora Laura Rodríguez [La Silla Vacía], está cometiendo actos claros de violencia de género. En el lenguaje de la calle, esto no es «una simple pesadez» o «estilo fuerte»; es violencia porque utiliza el género como un arma para humillar. De acuerdo con análisis profesionales publicados por La Silla Vacía, el trato condescendiente hacia María Lucía Fernández en Caracol Televisión expuso una muestra clásica de mansplaining [La Silla Vacía]. Este término técnico describe una realidad muy sencilla que todas las mujeres entienden: un hombre explicando de forma paternalista y con tono superior a una mujer experta cómo hacer su propio trabajo, intentando restarle autoridad profesional y hacernos creer que ella sabe menos. Al intentar anular la valía de una experta o al reducir a una comunicadora a su cuerpo y su sexualidad en el programa Piso 8, el agresor busca someterla. Es la misma dinámica del hombre que en la casa no soporta que su pareja tenga la razón o gane su propio dinero, y recurre a la burla o la intimidación para recuperar el control. Esta conducta demuestra la fragilidad de un ego que necesita hacer menos a la mujer para poder sentirse superior.
Por su parte, las acciones del presidente Gustavo Petro demuestran que el machismo no tiene color político y que las banderas del feminismo que alzo en campaña se desmoronan cuando llegó al poder. Análisis periodísticos de El Colombiano detallan cómo sus intervenciones televisadas hablando de manera reduccionista sobre el clítoris y el cerebro de las mujeres no fueron un análisis científico, sino un acto de violencia institucional y simbólica tan grave que la justicia colombiana le ordenó retractarse y pedir disculpas públicas [El Colombiano]. Usar el micrófono presidencial para diseccionar la anatomía femenina y medir la felicidad o la capacidad de las mujeres a través de sus órganos sexuales es una forma burda de deshumanizarlas. De igual forma, cuando bromea en eventos públicos en el Cauca diciendo que sus ministras «son sus novias» o abraza de forma invasiva a una funcionaria comentando con tono condescendiente que «la habíamos perdido» por casarse, comete acoso y violencia verbal. Estas conductas rebajan el mérito y la inteligencia de profesionales brillantes, reduciéndolas a simples objetos estéticos o afectivos del líder masculino en el poder. Asimismo, la infidelidad expuesta y el posterior sometimiento de su esposa, Verónica Alcocer, a la narrativa oficial en los actos públicos, refleja esa violencia psicológica y escarnio que obliga a la mujer a priorizar la imagen del hombre sobre su propia dignidad. Incluso la política es un escenario de exclusión: nombrar a un hombre al frente del Ministerio de Igualdad —un espacio creado para saldar la deuda histórica con las mujeres— y luego tildar el fallo judicial de «homofóbico» cuando los tribunales lo suspendieron por violar la cuota de género, es una forma de violencia política que arrebata a las mujeres la representación que se ganaron por derecho propio [Presidencia de la República, Swissinfo].
Cada uno de estos actos, provenga de la izquierda o de la derecha, es violencia de género porque se fundamenta en la idea de que los hombres poderosos pueden disponer de la voz, el cuerpo, el espacio y la dignidad de las mujeres a su antojo. Trivializar estas conductas o justificarlas por simpatía política es perpetuar el maltrato que sufren miles de colombianas a puerta cerrada. Frente a este panorama de desprecio, la salida real que nos queda a las mujeres para romper este círculo vicioso está en las urnas a través del voto por Sergio Fajardo. Fajardo representa la descripción exacta de ese hombre que finalmente «es lo que debería ser»: un líder que reconoce, potencia y valora a la mujer en todos los escenarios, viéndola como su igual y nunca como una amenaza. Su postura demuestra que la inteligencia, la determinación y el liderazgo femenino no representan un ataque frente a una supuesta naturaleza dominante, sino que enriquecen el entorno común. Al desmantelar el ego defensivo del patriarcado, su propuesta política invita a dar el paso del «poder sobre el otro» al «poder con el otro», integrando la empatía y la seguridad personal sin necesidad de subordinar a nadie. El desequilibrio y la injusticia en Colombia se empiezan a romper con el respeto y el buen trato diario. Ninguna mujer debe permitir que su diferencia se traduzca en servidumbre, ni en el comedor de su casa ni ante las cámaras de televisión. La salida está en nuestras manos: defender nuestra dignidad eligiendo alternativas que compartan y respeten nuestro valor en igualdad.

